Fuera del agua el pez experimentó la asfixia.
Tirado sobre la hierva en aquel sol de huesos
supo que iba a morir.
Morir por haberle faltado a su epifanía, renunciado
al impulso de treparse por las rocas de la orilla.
Que las bocanadas asmáticas que en vano
los músculos de su abdomen que persistían
eran la última cena en ese cuerpo efímero.
Fuera del agua. Del agua que nunca supo que existía
mientras se ocupaba en esquivar depredadores, buscando sus baterías
al desovando.
Aquí, tendida, miraba jadeante con el ojo con que divisaba el océano,
el del lado de la tierra,
la ausencia del tiempo ocurrido despobló el horizonte terminal.
Fuera del Agua. Esta era una muerte prevista en el inconsciente
de los peces.
Prevista desde la radiación emitida por el mar de los zargasos.
Esas palabras de desesperanza que las branquias escuchan en la mente
retumbar y que derriban su enorme salto a mitad de su trayecto.
Fuera del agua es el desperdicio de los peces no de los imagos.
Así creyó mientras languidecía con el suyo propio.
El pez se convertía en mujer que se soñaba a la salida del océano,
sobre la hierva en aquel sol de huesos,
cuando supo que era irremediable.
Esa mujer convertida en pez ahogada
Esa mujer se fue arrastrando hacia la mar
y se sumergió entera en la marea.
De vuelta asfixiada.
Atormentada al contemplar su epifanía como alas derretidas
por su mera desconfianza.
Cerrándose el paso en el transcurso de su propio viento.
Desimaginándose esos otros mundos.