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Novela
Desayuno [3]
(LA COMPAÑÍA) [amaneciendo I] (1994)

Novela

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Desayuno [3]
Amado Láscar

Releyendo el capítulo segundo he descubierto notables semejanzas con el anterior, a pesar de lo cual he querido mantenerlo por las posibles diferencias que entre uno y otro puedan existir. Me gustaría pedir disculpas si a algún aficionado le he hecho detenerse inútilmente en algún punto de menor interés. Sin extenderme en muestras de posibles culpabilidades, ruego nuevamente que se me comprenda. Decía entonces que este aparato me había sido obsequiado para Navidad o en sus inmediaciones. La verdad es que efectivamente me había sido regalado. En rigor nos había sido obsequiado a ella y a mí. Aquí alguien tal vez pueda darle sentido a eso de los afectos por los objetos. He conocido a muchas personas y en éste sentido podría darle crédito a las estadísticas cuando agrupan a las personas. En mi paso por el mundo, no sólo he conocido a quiénes aman los objetos por la utilidad que ellos les prestan, sino también he conocido a aquellas que admiran los objetos por sí mismos y les atribuyen una serie de prodigios. Sobre todo admiran aquellos inútiles o incluso feos. Estas personas son llamadas frecuentemente "cachureras" por las que prefieren tanto los objetos nuevos como deshacerse de los más atrasados a su debido tiempo. Si se me permite continuar, este instrumento nos lo obsequiaron en nuestro matrimonio, y no podría dejar de reconocer que a pesar de su intermitente inutilidad, tal vez por lo anterior, le he tomado cierto afecto como un bien familiar ya incorporado a la tradición. Resulta mejor, algunas veces, acostumbrarse a despertar por si solo que requerir de un apoyo tecnológico. Digo esto, porque Napoleón Bonaparte, mucho antes de ser derrotado y enviado a la Isla de Elba, antes de las campañas de Europa, incluso ya tenía la costumbre de despertar de acuerdo a su propia voluntad exactamente a la hora y al minuto que se lo había propuesto al acostarse. Cito a Napoleón, a pesar de ser un conquistador, y como tal un líder que ha tenido adoradores y detractores, dependiendo si se estaba a éste o al otro lado de su ejército o también a éste o al otro lado de las ideas que representaba. No considerando para nada si sus obras fueron buenas o malas, directas o indirectamente; he estado pensando que de cualquier modo hizo obras en términos absolutos, o como recuerdo haber leído en alguna parte, Napoleón no puede clasificarse como un hombre común, tampoco Hitler ni Gandhi. Con esto voy a un hecho de verdad evidente; pero no por eso menos oscuro (como decía un conocido y lo cito a propósito de éstas palabras: "nada es obvio"), los despertadores achatan la creatividad del hombre, que tampoco estoy muy seguro de si es importante o no. A pesar que me imaginaría a Carlitos Peralta saltando de la cama a las 6:30 seis días a la semana, me cuesta pensar que L.V. Beethoven hiciera lo mismo. Salvo por un período muy corto. Por ejemplo cada hora del día o de la noche tiene, por decirlo así un tono para tales o cuales sueños, es decir cuando los hombres duermen rigurosamente, digamos siete horas, desde las 11:00 hasta las 6:00, sólo tendrán la posibilidad de tener sueños de los canastos respectivos, y se estarían perdiendo los posibles desde las 6:00 hasta las 22:59. ¿puede ser esto importante?. No lo sabría contestar, tal vez no tenga más importancia que las demás cosas efímeras, pero cumplo con anotarlo para información del lector. Existen algunas personas, y yo he conocido algunas de ellas, que prefieren despertar con alarma porque consideran que es una buena disciplina. Algunas de ellas agregan incluso la frase "para el espíritu". Entre ellas me presentaron a un señor que estuvo por algunos años, 15 o 20, desempeñando funciones de vigilancia en una gran factoría. Cuando lo despidieron, este trabajador se puso muy triste, incluso tiempo después se había dedicado a la bebida, porque contaba, le era insoportable una vida sin método ni orden. A los soldados los han preparado para la guerra, pero he leído que cuando ha llegado el momento, el gran problema que los desajusta, aparte del enemigo y las bajas de ambos lados, como denominan a los cadáveres en su lenguaje técnico, lo que más les atormenta es la incomunicación en el campo de batalla que normalmente tienen en los cuarteles entre soldados y superiores. A veces se puede prolongar por días e incluso por semanas, quedando grupos enteros sin método ni disciplina. Algo parecido he escuchado que le ocurre a los prisioneros cuando son incomunicados, y por ejemplo por cuarenta días los tienen en una celda cerrada, de un metro cuadrado, con luz artificial en la noche y en total oscuridad en el día. Despertándolos cada dos horas, cambiándoles el horario de los alimentos y en general variándoles la rutina. Cuando me había dado cuenta que iba contraer matrimonio creo haber pensado muy pronto en quién me gustaría como padrino. El nombre no tiene importancia, pero tal vez sea sensato tratar de presentarlo. Arturo no se había hecho mayores problemas con la petición que yo le estaba haciendo. Sólo me hizo rectificar un par de veces la fecha para que pudiera participar y no le afectara ninguno de sus compromisos anteriores. Arturo había sido un caballero, tanto en sus modales como en su cortesía y hasta en su buen gusto para seleccionar su vestimenta; y tal vez estos eran uno de los motivos que me hacían pensar en él para acompañarme en esta ocasión. Pero además sabía contar anécdotas de esas que a uno siempre le habría gustado vivir. Arturo aparte de ser arquitecto, había viajado por el mundo, era saxofonista, dibujaba muy bien etc. tenía una serie de cualidades dignas de observación. Al transcribir la que a continuación relato hago la salvedad que la versión original seguramente contiene mayores y mejores expresiones y detalles (sobre todo al final). Cuando estaba en el liceo, si no recuerdo mal, el profesor de sicología (porque en aquella época teníamos en quinto humanidades, tercero medio, año once o como quiera llamársele, un curso denominado filosofía pero versaba sobre sicología) nos enseñaba un experimento-juego de transmisión de mensajes en el que hacíamos una fila y al primero de los alumnos, el profesor le leía un pequeño relato de no más de tres o cuatro líneas, en voz baja para que sólo el escuchara, entonces el se lo transmitía al siguiente alumno, y así sucesivamente, uno se lo iba diciendo al oído al siguiente hasta llegar al último. El juego-experimento llegaba a su fin cuando el último ponía por escrito la historia y luego la leía. Cuando se terminaba de leer en voz alta, el profesor hacía lo mismo pero con la versión original. El fin del experimento coincidía con una carcajada general, porque eran tan distintos ambos textos que casi no tenían ningún elemento en común. Arturo trabajaba en un banco, en esa institución había conseguido un extraño puesto de arquitecto, extraño digo porque cualquiera que no se haya informado a cabalidad con la administración bancaria, automáticamente pensaría en trabajadores bancarios como cajeros o encargados de préstamos. Aunque así fuere, éste señor era y trabajaba en un banco como arquitecto. Pero esto sería completamente irrelevante para los fines de este relato, si no fuera determinante para los hechos que en ésta época sucedieron. La situación, según más adelante me contara había sucedido más o menos en la sala de dibujo junto a su oficina. Le asignaron por aquel tiempo una estudiante de dibujo técnico en práctica. La muchacha según se refería en su crónica, tendría unos veinte años, un pulso regular y una diminuta falda que se hacía aún más pequeña en la posición de dibujar; tanto sentada apoyando sus pies en el travesaño como arrodillada en la butaca. Al parecer la estudiante era particularmente correcta y respetuosa con su flamante primer jefe, lo que al parecer también, iba permitiendo un acercamiento gradual pero progresivo. Esta progresión había llevado en un mes ( su práctica era por un trimestre) a desplazar los tópicos de conversación propiamente técnicos a los más personales. Por ejemplo contaba Arturo como una mañana le había hecho un comentario halagador sobre su vestimenta, a lo cual la chiquilla había respondido entre sonriendo y enrojecida. El resto del día, anotaba el arquitecto, se había visto francamente nerviosa e incluso torpe con su trabajo habiendo tenido que usar la gillette varias veces para borrar la tinta del rápido-graph, que se extendía en lugares insólitos. Para mi padrino éste había sido un indicio significativo. Cuenta que esa noche no pudo ni siquiera tocar a su mujer y cuando ella le había preguntado que le pasaba, se había limitado a responder que tenía algunas nuevas ideas con unos planos que lo tenían un poco insomne. Pero la verdad era un poco diferente. La expectativa de esta adolescente le había alterado el metabolismo. Desde el día siguiente su aspecto se había dulcificado (el de mi amigo) y el acercamiento estaba en la orden del día. De esta manera, entonces ella le iba revelando detalles generales de su vida personal como problemas con su madre o con su hermano, menudas anécdotas con sus compañeros de Instituto, e incluso le había hecho saber que tenía un pretendiente más o menos de su misma edad, estudiante como ella y que mantenía una especie de pololeo con él, bastante formal y distante, porque no quería dañar su carrera por el amor, que ella tenía en alta estima, pero consideraba que primero debía cumplir algunas metas. Le había dicho que cuando ella terminara podrían formalizar algo más estable, incluso como él quería, con perspectivas matrimoniales. Pero de momento, no era oportuno para ninguno de los dos. El muchacho según contaba Arturo que le contaba, no estaba completamente de acuerdo con ella, porque según algunas cartas que le escribía y que al segundo mes le había enseñado a su jefe, estaba enamorado de ella. Arturo que había mantenido la paciencia un mes completo, comenzaba (aunque sin exteriorizarlas) a dar señales de desesperación. Su mujer, algo raro notaba cuando se acostaban, pero él la había convencido que era estrés y que en un par de meses se le quitaría cuando terminara con su último proyecto. A todo esto, la estudiante hacía muchos progresos tanto en sus destrezas profesionales como en su amistad con su jefe, quién actuaba paternal y protectoramente con ella. Concordaban en la actitud que había tomado en defender su futuro profesional por encima de afectos que podrían ser pasajeros, según le había manifestado. Pero de acuerdo a lo que me contaba esa noche, después del segundo whisky, lo que lo había anonadado, era su confesión de que aún permanecía virgen. Con este nuevo antecedente y quedando unos veinte días para el término de su práctica, había decidido que las cosas estaban maduras suficientemente y que requería de una dosis de temeridad para abordar el problema. El siguiente día le había estado conversando extensamente sobre la sexualidad, incluyendo detalles generales e incluso particulares en términos de dimensiones y texturas para una vida sexual sana y normal, del momento de comenzarla, del trauma que podría ser para una mujer dar este importante paso de su vida con un hombre inmaduro y superficial. Que lo ideal para toda muchacha era tener cuidado en este terreno para no arrepentirse o exponerse incluso a la frigidez por efecto de un trauma. Aquel día hablaron largamente de la suavidad que una mujer requería en esa primera experiencia porque a través de ella se dejaba definitivamente una etapa de la vida y se pasaba a otra. Ella, según contaba su jefe, estaba admirada y tremendamente agradecida por todo el conocimiento y la confianza que le había entregado en estos meses y que nadie, nunca le había hablado con la sinceridad y la crudeza como el lo había hecho. Al final del día, Arturo le dijo que después de todo lo conversado consideraba que él, era la persona más indicada para ayudarla en este trascendental paso. Y antes que ella tuviera tiempo de pensarlo, había alcanzado a añadir. Mañana en señal de haberme entendido debes ponerte el mismo vestido (que según manifestaba era especialmente ajustado y reducido). Inmediatamente la muchacha pareció reaccionar y dijo que ella no tenía por costumbre usar dos días seguidos un mismo vestido, que la perdonara pero que no podía, que nunca lo había hecho. Al otro día cuando Arturo había llegado, luego de una noche llena de suposiciones, después de sentarse en su escritorio, notó que la estudiante no estaba en su puesto de trabajo. Aquí había hecho una pausa en su historia para pedir una tercera copa. Se sobó las manos y continuó. A los cinco minutos había hecho su entrada y por primera vez en su vida había roto con una costumbre. Esa tarde se habían ido caminando lentamente hacia la Plaza de Armas, habían llegado a uno de los edificios adyacentes y luego atravesando escaleras y oscuros pasillos hasta alcanzar una puerta. La puerta se había abierto con facilidad y un pequeño departamento bastante lúgubre pero con el equipamiento necesario para tales ocasiones los esperaba. El resto del relato aunque lo recuerdo con mucho detalle pienso que es mejor resumirlo. Llevaba un bonito corpiño que había quedado a la vista luego de deslizar su vestido a través de sus caderas, su cintura y sus hombros. El calzón también era menudo y se notaba, según el arquitecto, que estaba bastante bien construida a excepción de su cara que era un poco redonda. demasiado para mí gusto, había dicho. A pesar de ello la penetración había sido completamente satisfactoria, al menos para él, ya que la muchacha se había llegado a morder los labios, sin embargo alcanzó a tener un orgasmo, el primero de su vida, antes de que Arturo fuera al baño . Había sido notable, comentaba al final del tercer trago. La cuento y no la creo. Eso se llama un trabajo de relojería. Yo, sinceramente, no me había divertido tanto con una historia de Arturo nunca antes.






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 Referencia
Amado Láscar.  "Desayuno [3]."  Gato X Gato. Ed. Amado Lascar. Athens, Ohio  :  Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    5 de abril de 2006.
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