Enseñar es una actividad que envuelve el espacio y el tiempo, lo interno y lo externo, la razón y la emoción, lo conocido y lo desconocido; pero ante todo la educación es un fenómeno humano y como tal un fenómeno histórico.
Cuando señalo que la educación define su sustancia en la historia digo en verdad dos cosas, por una parte que cumple una función cultural y por la otra que no existe un ideal en término de los contenidos que deban enseñarse. La propia conceptualización de la práctica educativa simbolizada en el vocablo "educación" es histórica en sí misma. Por ejemplo, para las culturas no modernas la educación como una institución separada de la práctica cotidiana no tiene ningún significado. Es a partir de la escisión entre humanos y naturaleza [con la creación de una "sociedad más compleja" de una sociedad de clases o civilizada, donde hay dirigentes y dirigidos, sujetos y objetos], que la educación se transforma en problemática y sujeta a disputa y competencia.
[Cuando hablo de disputa y competencia no me refiero a lo que en la sociedad capitalista entendemos por esto, vale decir la carrera por lograr la más alta posición social con el fin de alcanzar honores, dinero y poder. No, me refiero al hecho de que compiten en primer lugar [luego hay un sinnúmero de otras divisiones] dos concepciones del mundo: la funcional y la rupturista].
En términos generales la visión funcional con sus variantes principales [liberal y conservadora] es la que acepta como un dato la fundación de la realidad sociopolítica y epistemológica de la estructura donde se enseña. La visión rupturista, por su lado, presenta tres principales variantes [la marxista, la anarquista y la nativista]. De estas tres la marxista en sus dos variantes [la liberal (Allende) y la revolucionaria (Revolución cubana)] comparten la racionalidad del progreso del industrialismo inglés, del iluminismo francés y la filosofía alemana de Hegel. El anarquismo por otro lado nace de la realidad política de la modernidad pero la descarta en sus fundamentos, atacando principalmente la legitimidad del estado nación y del supuesto progreso. La nativista, afectada por la modernidad pero independiente de su proyecto histórico comparte con el anarquismo la disolución del Estado y el advenimiento de una democracia horizontal o consensual no expansiva de dimensión humana no capitalista.
El centro de la educación rupturista es el cuestionamiento de la legitimidad de la racionalidad hegemónica que mantiene a la población ajena de las cosas que determinan sus vidas y el espacio planetario en que habitan. Podríamos decir que estos dos acercamientos a la educación representan, el primero, la "producción" de un sujeto pasivo y obediente [domesticado] que da como resultado "un buen ciudadano". La segunda forma de educación, en cambio, busca fortalecer un sujeto activo y crítico para hacerlo capaz de analizar y percibir dentro de la realidad social dada los puntos ciegos que la ideología dominante mantiene protegidos mediante el completo silencio y la desviación de la atención de los problemas y las decisiones sustantivas. Parte de este silencio es el acto de mantener fragmentados a la comunidad estudiantil con la ideología del individualismo y parte de la estrategia de desviación de la atención es el entretenimiento ofrecido por los medios de comunicación masivos. También la educación pasiva puede confundirse con la mera instrucción: el traspaso de información desde el sujeto investido de autoridad a los estudiantes [mediante una variedad de métodos, desde uno férreamente autoritario a uno más o menos amistoso y colaborativo]. La educación activa, por su lado, tiene que ayudarle a los estudiantes, a hacerse cargo de sí mismos, observarse en su condicionamiento histórico, y finalmente hacerlos percibirse como habitantes de un planeta y de un cosmos.
Para enseñar críticamente es muy importante demostrar lo que hay de común [lo natural] entre los seres humanos vis a vis lo que los separa [lo cultural]. De esta manera una serie de mitos comienzan a desmoronarse y el estudiante queda en mejores condiciones receptivas; esto produce simultáneamente un efecto colateral: se le despierta una profunda necesidad de llenar el vacío que los viejos mitos desmoronados han dejado en la mente y las emociones del estudiante.
El educador rupturista pone énfasis en la relación profesor-alumno, alumno-alumno, alumno-profesor-planeta, etc. por sobre cualquier contenido programático. Su enseñaza es una praxis fundamentalmente filosófica y crítica con el objetivo de revisar las pautas de vida ofrecidas por el capitalismo y la modernidad entregando una nueva frescura en la forma y el contenido de nuestra posición en el cosmos. Como señala Paulo Freire, estamos condicionados en la sociedad jerarquizada en que vivimos, pero no determinados por ella, aunque pareciera a primera vista que así lo fuera.
Una educación de este tipo no es autoritaria, sino participativa y aunque la figura del profesor se desperfila, es necesario que un principio de autoridad mínimo sea mantenido para facilitar la participación de todos. En la medida que los estudiantes crezcan en cuanto a su responsabilidad comunitaria cada vez estarán en mejores condiciones para hacer uso de su plena autonomía.
La educación rupturista no se centra en la competencia entre los alumnos sino en la colaboración, no tiene como objetivo central la nota de aprobación sino el verdadero aprendizaje. Para lograr estos objetivos centrales en la educación para la vida, es necesario por lo tanto repensar los sistemas metodológicos y de evaluación de tal modo que sean facilitadores y impedimentos en el proceso de reencuentro comunitario.
Como elementos metodológicos consecuentes, en primer lugar están la paciencia y la empatía. El educador debe estar [no sólo mostrarse] cercano a los estudiantes, no debe encarnar al antagonista que los humilla y los castiga si no comparten sus puntos de vista, debe ser capaz de motivar y no de descorazonar. Debe partir de las experiencia concretas de sus estudiantes y también de las suyas propias para enseñar, evaluar, juzgar, reconocer, criticar, imaginar y proponer. Incentivar y premiar que estudien en grupo, que intercambien opiniones y que incluso se lleven los exámenes para la casa para trabajarlos comunalmente es algo que poco a poco [al menos por la duración del curso] ayuda a borrarles la idea de que tienen que derrotar a otro para fortalecer su posición social, su identidad o su seguridad.
Lo mismo es válido para la nota final de aprobación. Mis alumnos, en general, aprueban con buenas notas. No porque se las regale [con un fin instrumental] para conseguir mejores evaluaciones institucionales y así conservar mejor mi puesto en la universidad, sino porque en todo momento, después de cada evaluación voy observando el devenir del proceso y ajustando el ritmo de la clase. Si, por ejemplo, veo que en la primera prueba les ha ido menos de lo que históricamente mis alumnos han logrado en ella, les doy la oportunidad de duplicar la nota del examen final [en la sala de clases, trabajo personal] para reemplazar la de la primera prueba. De esta manera es posible asegurarse con bastante nivel de precisión de que el alumno estudió e internalizó la materia por una parte y por la otra permitirle pasar el curso con una buena nota que es lo que les va a facultar seguir desplazándose en el sistema educacional oficial, que no es el ideal de mi enseñaza, pero es importante hacerlo ya que no hay alternativa viable que ofrecer por el momento.
Sin duda el alumno es central en el proceso de aprendizaje. El alumno viene de alguna parte, en el caso de la educación universitaria, viene de una secundaria indiferente y manipuladora, con deficientes programas de estudio y muchas veces falsos contenidos; como son las mentadas clases de historia oficial, fundamentalmente construidas para afirmar el patriotismo y la identidad y lealtad al estado nación. Generalmente en la secundaria, a pesar de los programas, son algunos profesores los que se le quedan grabados en la memoria a los estudiantes, profesores accesibles, abiertos, claros desinteresados e iluminadores. En general, a pesar del sistemático achatamiento de la imaginación y de la libertad que sufren los estudiantes en la escuela secundaria tiene aún la curiosidad por poner las piezas juntas en el puzzle social. Este espacio es el que espera al profesor responsable y humanista para sembrar la semilla de la solidaridad, la comunidad, la justicia y la paz.