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¿Es real solamente lo hegemónico?
Amado Láscar

La posición espacio /temporal desde donde estoy escribiendo [EEUU, 2005] corresponde a un momento donde la modernidad, última estación de lo que conocemos como civilización occidental, ha llegado a su punto de estancamiento y descomposición. Lo que se conoce como el colapso de las grandes narrativas o de los modelos, tiene profundos efectos en cada uno de los aspectos que Marx describió como superestructurales. La modernidad como proyecto y fuerza de cambio ha perdido su capacidad de renovación, su liderazgo; y ha dejado una secuela que en la academia ha sido denominada post modernidad. Este concepto derivativo de la modernidad, no es más, desde el punto de vista epistemológico, que una fragmentación del concepto moderno de la razón y el derrumbamiento de las certezas metafísicas que el discurso imperial es capaz de sostener por la fuerza, las falsas promesas y el consumo en su período post clásico. La post modernidad corresponde a lo que Giambattista Vico llamaría término en el ciclo de una cultura y Oscar Spengler decadencia de una civilización. El arte posmoderno, por ejemplo, no tiene nada nuevo que ofrecer en contraste con la vanguardia de comienzos de siglo porque ha perdido algo consubstancial a la modernidad [y al equivalente al concepto de progreso en el arte], su originalidad. Este arte como propone Fredric Jameson se basa en la nostalgia en vez de la historia. Por la falta de material donde establecer nuevos parámetros, recurre al pastiche que se distingue de la parodia porque no cuenta con ningún estándar contra que establecer la tensión crítica, sino que se agota en el reciclaje de una metáfora sin referente, un mero arte de consumo, lo que llaman simulacra. Lo que aún permanece, como inercia estructural en el post clásico de la sociedad modernista /capitalista, es el consumo. Inercia que al mismo tiempo sirve para aún mantener el mito /discurso del progreso en la palestra pública; pero que en realidad al analizarlo con algún detalle este mito se desgrana en las manos como un icono sin contenido. El consumo, por ser una forma de Carpe Diem, a su vez fortalece la generación de desechos, la transformación de los recursos (del planeta) en basura. El reciclaje en este sentido no es más que otro paliativo tranquilizador que fomenta sin sentimiento de culpa, aún mayor consumo.
El concepto de progreso ha sido el sub texto que ha permitido la mayor conquista política del sistema hegemónico neoimperial. Mediante las promesas de un futuro logrado se han justificado las carencias e injusticias de un presente imperfecto que últimamente ha permeado las fronteras con una migración masiva hacia los centros de poder financiero. El constante desplazamiento de los insatisfechos hacia la hipotética satisfacción del sueño americano ha permitido administrar los proyectos corporativos hacia sus verdaderos objetivos: el crecimiento económico y el control político /ideológico planetario. Proyecto propagandístico del “lo logramos, queremos ahora compartir nuestro desarrollo con ustedes del mundo circundante”, proposición que, sin embargo, no puede ser menos que lo mismo ya que nos referimos a una sociedad estratificada, donde una elite ociosa vive de la explotación de lo que denomina recursos (comenzando por la tierra y concluyendo con el humano racializado). La promesa de que es cuestión de tiempo para que todos alcancen una vida mejor es incongruente en la lógica constitutiva de una estructura patriarcal de dominación. Incongruente porque lo único que posibilita la existencia de una sociedad vertical es la existencia de rangos inferiores . El pleno acceso a los beneficios de un sistema de explotación como el capitalista, o como antes (guardando las diferencias cualitativas y cuantitativas) el medieval o el esclavista, no se agota en un asunto económico, sino que es un problema que involucra el orden simbólico . En efecto, la jerarquía en la escalera de privilegios, cumple varias funciones estructurales no sólo respecto a la distribución de la riqueza sino también respecto a otras distribuciones valóricas como la universalización de sus propios estándares de belleza, razón, inteligencia, imaginación, etc. y como resultado de todo esto el prestigio. El derroche y el acceso a espacios exclusivos hace a las elites sentirse elegidas y preferidas por una mano invisible [son amantes de dios], su tiempo libre y el modo como es reconocida socialmente, refuerzan su sentimiento de identidad mientras participan en las decisiones superiores de la sociedad y pueden tener la satisfacción de que sus deseos y proyectos se pueden convertir en realidad. Su percepción de que sus privilegios son merecidos les hace reforzar la idea de que se vive en el mejor de los mundos posibles.
Para los oprimidos, por su lado, la injusticia, confusión y violencia a que son sistemáticamente sometidos es sublimada por el Poder con la visualización de un mundo posible que es realizable exclusivamente mediante la movilidad social y específicamente por medio de la educación. El ejemplo cosmopolita de las elites sirve como ejemplo concreto, como modelo de perfección y libertad social; de este modo la rabia del oprimido es apaciguada pensando en que alguna vez... y así nos mantenemos trabajando con la ilusión de mejorar la vida de nuestra descendencia aunque la realidad cotidiana sea un constante luchar contra la entropía.
La formación de las clases medias, por muy mínimas y frágiles que sean, funcionan dentro de la ingeniería de opresión precisamente para sostener el Status Quo, ya que sirven como una prueba de que la movilidad social verdaderamente es posible y que todo consiste en el esfuerzo personal: el estudio, la constancia, la honradez, etc. para cambiar de una situación social a otra [de oprimido a opresor si nos fijamos con atención]. En realidad no hay cambio de fondo, estructural en el sistema de opresión, sencillamente a nivel individual [con todos los costos sociales para el ascendido] es decir el éxito y el triunfo social son obtenidos a costa de una crisis de identidad y del socavamiento del cuerpo comunitario que se abandona.
Entre oprimidos y opresores se produce una relación simbiótica donde se alimenta mutuamente el sistema de opresión bajo una realidad ideológica. La fuerza principal de esta visión es la capacidad de movilización de la imaginación y los deseos de los oprimidos hacia fines aceptables por la estructura de poder. La familiaridad y el sentido común son los escalpelos con que el dueño del empleo [y de la cosmovisión hegemónica] interviene quirúrgicamente la imaginación; para esto las instituciones tradicionales son el telón de fondo sobre las cuales se produce la comunicación entre los grupos antagónicos. La división entre “razas”, etnias, género, orientación sexual, edad, etc. no son una distorsión temporal dentro de la estructura de opresión sino que son parte esencial de los engranajes de control inherentes al diseño del sistema; por lo tanto, no pueden ser eliminados sin fracturarse el modelo en su totalidad . Cualquier reforma en el gobierno y el Estado implica la aceptación implícita del Status Quo. Por ejemplo al incorporar mujeres, gente de color, indígenas o gays al sistema patriarcal vertical, no se hace otra cosa que cooptar imágenes con fines de maquillar el rostro visible del Poder creando confusión y falsas expectativas de democratización.
Parto de la hipótesis, que ha venido nutriéndose del análisis marxista del siglo XIX y XX, de que lo que hemos aprendido a considerar como realidad, es decir todo el andamiaje material e institucional que conforma la civilización occidental, no es más que una ilusión tendenciosa alimentada por los que se benefician de la opresión. Sin embargo, esta explicación no se inscribe dentro del marco hegeliano, darwinista o marxista del progreso ni del movimiento ascendente de la historia; en realidad, podría leerse precisamente como lo contrario: como antimodernista o antiprogresista. Desde este nivel de análisis, el ser humano ha abandonado su auténtica relación con la vida y la naturaleza mediante la construcción de la llamada civilización. Construcción que desde el comienzo no ha sido natural sino que comenzó como una imposición de las elites agrícolas-esclavistas . Lo que estamos viviendo no es el fin de la historia como pretende Fukuyama [92], sino el fin del último imperio de la civilización occidental (y también de su historia o mejor de su historiografía). Corresponde al fin del sistema patriarcal originado posiblemente en Mesopotamia [Irak actual]; pero a diferencia de todos los imperios anteriores participantes de esta tradición, su misión es geopolíticamente totalitaria, implica el mega control, hecho agradable al paladar mediante la creación del último eufemismo internacional acuñado por la metrópoli: la globalización. Es decir, la comercialización de todas las culturas y de todos los “recursos” planetarios.
El marxismo, uno de los movimientos antihegemónicos más radicales del siglo XIX, es dependiente del concepto de evolución y progreso para articular su filosofía y programa revolucionarios. Si bien el punto de partida de Marx y Engels es su concepción de la sociedad precivilizada como harmónica y solidaria, la propio lógica del materialismo histórico los lleva a descartar toda posibilidad de explorar estas sociedades para conocerlas mejor y redefinir su representación de primitivas. Marx y Engels se inscriben dentro de la crítica moderna de la explotación y la revolución. Esto quiere decir que a pesar de la idea de desmantelar el sistema capitalista, este desmantelamiento no es estructural. No van al fondo, no pueden ir al fondo, porque sencillamente las raíces del problema estaban y están fuera de la estructura visible y concreta de explotación. El hecho de que acepten y contemplen la idea del materialismo histórico como cambio de un sistema por otro más avanzado [comunismo primitivo, esclavismo, régimen feudal, época burguesa, socialismo y comunismo], ven a la humanidad, por una parte, como en perpetuo desarrollo de lo inferior a lo superior y por la otra como homogénea. Estos dos elementos crean lo que hoy conocemos como etnocentrismo o eurocentrismo, es decir percibir al mundo entero bajo los parámetros de la experiencia local europea. El marxismo por lo tanto es una forma de universalismo de un sistema de explotación moderna y europea generalizándolo a toda forma de explotación. Para el marxismo por lo tanto la civilización es un dato, no es un problema, sino una oportunidad histórica para generar un cambio social profundo en la sociedad donde los proletarios toman el poder a nombre de todos los explotados de la sociedad y ponen los recursos productivos en manos de los que producen, eliminando la plusvalía que el burgués toma del trabajo asalariado y que transforma en capital y finalmente en mayor explotación para el propio obrero.
La articulación de este trabajo se basa en supuestos completamente distintos al del materialismo histórico. En primer lugar este análisis considera que el problema fundamental es la llamada civilización y que no existe evolución histórica ni desde el punto de vista idealista de Hegel ni del materialista dialéctico de Marx y Engels . Evolución histórica implica automáticamente la clasificación de los habitantes del planeta entre primitivos y civilizados. Algo muy similar a lo que hicieron los norteamericanos en el siglo XIX con el tristemente famoso Destino Manifiesto. De acuerdo a esta mistificación, la sociedad anglosajona es superior a la de los “indígenas” debido a que los blancos estan al final de la cadena evolutiva respecto a las sociedades nativo americanas, por lo tanto tenían más derecho sobre la tierra que los habitantes orgánicos de ella (esta tesis pertenece a J. Locke ). Desafortunadamente el marxismo no puede solucionar este problema más que luchando porque se “quemen las etapas de desarrollo” como José Carlos Mariategui piensa cuando escribe en los veintes “El problema de la tierra” en sus Siete ensayos de la realidad peruana. Es decir el problema de la explotación y el capitalismo no son vistos considerando en forma amplia las culturas del globo sino restringido al espacio y la problemática europea. Ni Carlos Marx ni Federico Engels consideraron la conquista de América más que para señalar que es el momento donde comienza la acumulación primitiva del capital. No tienen herramientas teóricas para establecer una estrategia de subversión indígena contra la conquista porque su análisis pasa necesariamente por la sociedad de clases patriarcal y desgraciadamente su solución también está dada dentro de estos parámetros.
Para un nativo de la periferia las cosas se presentan un poco más complejas. En primer lugar la colonización, en términos regionales (estatales), se ve desde el lado del oprimido y no desde el lado del opresor como desde Europa o los Estados Unidos, y por supuesto que ese locus de enunciación permite, en palabras de Satya Mohanty, un privilegio epistemológico del oprimido . Lo que mínimamente le faltó a Marx y Engels para repensar su filosofía y su praxis fue vivir en la periferia del mundo. La periferia que les tocó vivir fue la periferia de Europa y eso los ayudó a ver lo que otros no pudieron ver, pero los parámetros que utilizaron fueron dados por su contexto y también lo fueron sus soluciones.
Para analizar la explotación y la acumulación de riquezas de unos en detrimento de la mayoría desde las coordenadas del sur es necesario repensarlo todo desde una nueva perspectiva. No la perspectiva de la civilización que es un término acuñado, desarrollado y utilizado como arma desde Europa, y que tuvo muchos cómplices locales abiertos como Sarmiento y ocultos como Lastarria, sino desde la perspectiva de los pueblos destruidos por esa civilización. Para los habitantes originarios de lo que Norteamérica ha dado por llamar subdesarrollados, el tercer mundo o más eufemísticamente en vías de desarrollo, el problema debe ser analizado desde la perspectiva de los que recibieron con regalos y colaboración a los marineros de las tres carabelas comandadas por Colón y recibieron burla, muerte y esclavitud en cambio. No podemos analizar la civilización desde la perspectiva de que ella es superior al mundo de los Arawaks o a los Tainos sencillamente porque bajo la bandera de las instituciones civilizadas se silenciaron militar e institucionalmente formas horizontales y armónicas de vivir con el pretexto de estar cumpliendo con los designios del progreso y la grandeza humana [encarnada por la raza blanca]. Esta primera iniquidad es el punto de partida que despierta en Abya Yala un análisis desde otra perspectiva. Es fácil y elegante decir desde las calles de Londres que mientras los indios no se modernicen no hay posibilidad de justicia social para ellos. Desde aquí prefiero decir que la civilización no es más que un eufemismo creado por las elites europeas para defender con un halo de irrefutabilidad una organización social clasista, sexista, racista, etc. en resumen, jerárquica y explotadora, que tiene por objeto discriminar a dirigentes de dirigidos con el objeto de perpetuar el estatus quo en beneficio de los grupos iluminados en la cabina de control.
Cuando escuchamos la palabra civilización nos encontramos con una serie de adjetivos que enaltecen y la ponen aparte de todas las demás formas [y contenidos] culturales. Nuestra perspectiva es distinta. El concepto de civilización representa un lugar, un espacio y también se refiere a un concepto abstracto al que se le adjudican valores supuestamente deseados y deseables. El concepto ha sido redefinido a través de la historia pero siempre ha servido de línea divisoria entre lo deseable y lo indeseable, que estéticamente pueden tomar la forma de lo limpio y lo sucio, lo bueno y lo malo, lo claro y lo oscuro.
Al concepto de civilización se le adjunta un segundo concepto: el de progreso. El progreso incorpora dinamismo a la civilización, un movimiento ascendente de lo remoto, supersticioso, ingenuo y primitivo hasta lo futuro, científico, iluminado y evolucionado. Civilización y progreso van juntos. Linealidad temporal como movimiento y expansión fuera de las fronteras y linealidad vertical como estructura interna de dominación y control. La civilización es el reflejo de una cosmovisión patriarcal generada a partir del establecimiento de la agricultura de monocultivo y la creación de las primeras ciudades de arquitectura monumental. Este nuevo tipo de cultivo genera a partir de la territorialidad que establece la marca del macho, una serie de otros fenómenos sociales y técnicos relacionados: la creación de una clase dirigente y de otras dirigidas, la invención de los métodos de contabilidad a partir de los cuales se genera la escritura, la invención de la esclavitud y de la guerra para conseguir mano de obra y luego de expansión para conseguir nuevos territorios de cultivo, el origen de la división del trabajo entre productores y consumidores, el nacimiento de los estados monárquicos, de los militares y de los sacerdotes como una casta separada e investida de poderes específicos. Todos estas transformaciones dejando atrás estructuras femeninas y horizontales de convivencia comunal y el nomadismo.
Lo que llamamos civilización y damos por sentado, sin discutir críticamente como punto de partida para cualquier análisis alternativo de otras posibilidades de organización social, es simplemente el marco de referencia que corresponde más o menos a los últimos seis mil años, originado en Asia y luego traspasado a Europa por medio de la cultura grecolatina. Este modo de conocimiento indudablemente no es el único ni evidentemente el mejor (¿para quién lo sería ,en todo caso, en una sociedad jerarquizada?), es sencillamente una experiencia local que se ha transformado, en palabras de Walter Mignolo, en diseño global. Diseño, que por el carácter expansivo que tiene, incluye borrar la memoria de los pueblos vencidos y establecer una nueva cosmogonía de servidumbre.
Debido a que a civilización es una estructura socio-política que genera desigualdad y explotación, es expansiva por definición [como punto de partida la elite se expande sobre sus súbditos]. La civilización requiere de la fuerza y el convencimiento para poder operar expeditamente dentro de su esfera de influencia. Esta situación de manipulación interna y externa (dependiendo del grado de expansión que lo civilizado ocupe) crea necesariamente un desequilibrio entre las palabras y las acciones . Este desequilibrio consiste en que los intereses de los oprimidos no corresponden a lo que los opresores pregonan que son los verdaderos intereses de los oprimidos, sino que postulan que en la democracia republicana entre ambos hay comunidad de intereses (esto es lo que posibilita la idea de llamarse ingleses, norteamericanos, bolivianos o chilenos indiscriminadamente, sin reparar en el detalle que los más mantienen a los menos). Para mantener intacto el privilegio de la clase en el poder es necesario mantener intacta la desigualdad de la estructura social entre la clase dirigente y la clase oprimida; para lograr este objetivo es necesaria la existencia de un discurso del poder basado en la ideología del opresor que naturaliza su propia concepción cultural elitista transformándolos en sentido común. La ideología actúa como una herramienta de dominación y no una práctica cultural universal como es de común creencia para los propios filósofos marxistas que la discuten. El concepto de ideología [entendido como un quiebre entre el discurso y la practica social] es el elemento constitutivo del patriarcado y su razón de ser es el ocultamiento de la realidad social que separa la sociedad en grupos privilegiados y grupos explotados. En contraste, las culturas horizontales como las del amazonas o las australianas, no requieren de una ideología para funcionar, ya que no existen en ellas estructuras verticales de explotación, por lo tanto la palabra contiene un valor simbólico pero nunca eufemístico ni truculento.
Cualquier solución que pretenda seriamente cambiar el orden de cosas en la etapa de la totalización debe nacer de la misma gente, ser dirigida por la propia gente que sabe que la tierra no es una mera cosa para explotar, sino que encarna nuestra verdadera naturaleza [70% de nuestro cuerpo esta compuesto de agua] y el resto de otros compuestos naturales que bajo ciertas condiciones nos ha llevado a tener la facultad del habla y del pensar; pero al mismo tiempo nos ha dado la desventaja de haber perdido el instinto de convivir como cualquier otro ser vivo de este planeta. Cualquier solución seria y responsable debe pasar por el cuestionamiento de la modernidad. La arrogancia que nos ha inculcado al creernos únicos [que no es más que la ideología de los patrones] sobre este pequeño astro, nos ha llevado a pensar que la mente humana es capaz de superar a la naturaleza. Menuda ceguera de los que ya no se conectan con su madre. De los que la violan y convierten sus valles y sus bosques en desiertos; sus ríos, sus lagos en basureros; sus misteriosos y bellos océanos en rutas para mover sus supertanques y barcos de guerras; el aire para llenarlo de kerosén y aligerarlo de sus capas atmosféricas; y su espacio exterior para plagarlo de satélites espías que son capaces de fotografiar la marca del cigarrillo que estoy fumando desde 200 kilómetros de altura. Los fabricantes y comerciantes que ya no hayan que hacer con los excedentes que le han robado a los más débiles por 500 años, deben seguir buscando fuentes de inversión para que sus dólares, Euros, Libras Esterlinas sigan teniendo algún valor. En un mundo finito con una economía que sino crece desaparece, es necesario buscar permanentemente nuevas fuentes de inversión, de explotación y de consumo. La guerra sin duda ayuda mucho en esta cruzada del "Producto Nacional Bruto" para luego tener que reconstruir y reinvertir y así mantener "vital" la economía.
La solución humana para detener los caballos blancos debocados del Imperio es que la gente, los grupos, las comunidades se reconozcan a sí mismos y creen, construyan sus propias formas de vida humana, horizontal, desjerarquizada y sustentables. Tierra y autonomía es lo que ya no puede postergarse más. Cada día nos acercamos al punto de no retorno [tal vez ya lo hayamos alcanzado y estas palabras serán entonces inútiles], eso no lo sabremos tan pronto, pero está claro que todo el mundo sufrido y honesto percibe que más de algo anda mal, los jóvenes han perdido la confianza en los políticos [y con toda la razón], las mujeres de la liberación de sus maridos han pasado a la opresión de los empleadores que les pagan el mínimo exigiéndoles el máximo, la "gente de color" cree que está representada porque vendidos como Condoleza Rice o Collin Powell tienen algún puesto donde aparentemente pueden decidir la vida y la muerte de otra "gente de color".
Aunque haya que estirar al máximo la imaginación para concebir otros mundos posibles, parece que ya no fuera asunto de preferencias. El Estado no es lo que dijo que era, ni la democracia liberal tampoco. Nuestras opciones están atrapadas entre caminos que llevan al mismo destino: al mundo de la destrucción, al placer instantáneo y al olvido. Frente a la propuesta materialista de consumo y devoramiento hay que proponer una cultura comunitaria de armonía y respeto por la vida, sin propiedad privada de la tierra, porque somos habitantes de la tierra y ninguna ley por impresionante que sea [con su policía, su ejército, su bandera y su canción nacional] es una ley popular ni menos indígena. Cada mestizo de Abya Yala, de este bello continente violado y apropiado por europeos desesperados y avaros miserables debiera elegir su lado indígena, no su lado blanco. Nosotros mestizos-indígenas e indígenas tenemos algo precioso que ofrecerle a la humanidad a partir de nuestras propias luchas justas. En cambio Europa y sus aliados usurpadores de Norteamérica sólo pueden ofrecer más y más gastado y decadente materialismo.





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 Referencia
Amado Láscar.  "¿Es real solamente lo hegemónico?."  Gato X Gato. Ed. Amado Lascar. Athens, Ohio  :  Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   24 de julio de 2006.
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