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Bellezas Naturales

Ensayo

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Bellezas Naturales
Amanda Harris

Si todas nuestras vidas son alegorías de nuestros tiempos, cuento que cuando era niña me dejaban ver cualquier cosa en la tele, aunque fuera algo que me enseñara a borrarme por dentro, a borrar mi color, mi sexo, mi papel en esta convergencia de trayectos históricos que por suerte de pesadilla se vinieron a tomar lugar en el espacio que habito.
Cuando era niña era difícil hacer calzar mis experiencias familiares con las normas y patrones que presentaban en el colegio, en el mall, en la pantalla. Mi casa era un lugar seguro, y me imaginaba que afuera también era seguro. Por un tiempo creía en el orden que ejemplifica Disney, que los buenos son bellos por fuera, y los malos son feos, gordos, morenos, peludos, analfabetos, cojos y marginales. Daba las gracias en mis adentros porque era bonita; y mi bondad y mi inocencia armonizaban con mi carita. Pero mi inocencia se fue convirtiendo poco a poquito en nostalgia, o mejor dicho, en melancolía, porque para la sociedad creyente en esta aparente verdad, tan normal, tan naturalizada, yo nunca había sido bonita como las princesas, sino que era más bien atractiva como las morenas tentadoras o arribistas, morenas cuya belleza viene a ser un engaño, una excepción que sirve de prueba para la regla del castillo. Así como mi inteligencia en el salón de clases no me abría el camino al programa para niños “dotados,” mi belleza no calificaba el mérito ni para el derecho al reino, ni la felicidad, ni el amor. Así como mis ideas, mi belleza no era del tipo que encierra la bondad según el sistema cultural que crean y promueven estas películas. Las princesas Disney contenían necesariamente una bondad sanguínea propia de la casta dirigente, y simbolizada por su excepcional blancura (en inglés la palabra para bello ,“fair,” denota de piel blanca y denota belleza). Cuando la oscura madrastra de Blanca Nieves interroga al espejo mágico, quién es la más blanca y bella de todos (the fairest of them all), ella se entrena para acabar con su hijastra princesa porque es más blanca y bella, y esa belleza contiene un significado social y cultural. La belleza-bondad de la niña Blanca Nieves le da un mayor derecho al trono que a la madrastra cuya belleza no conlleva derechos sanguíneos, cuya piel no es tan blanca, quién por lo mismo no puede ser buena ni puede merecer ni la felicidad ni el estrato social dentro del cuál había nacido la protagonista.
Por lo tanto el concepto de la injusticia de este imaginario cultural toma la faz del destronamiento de un personaje, que por derecho de nacimiento noble, merece recobrar el poder. Estos personajes nobles destacados son física- y espiritualmente bellos, lo cuál justifica la resolución del final feliz en el cuál son liberadas de la cocina y devueltas a su lugar correcto en el trono. Los niños televidentes son dirigidos a oponerse a estas injusticias personales en contra de las bellas-buenas como Cenicientas y Blanca Nieves-- no son enseñados a reconocer que ellas, al retomar sus respectivas estaciones, tendrán sirvientes que también sufrirán la injusta vida de servidumbre. Es decir, estas películas les enseñan a los niños a enfocarse en el individuo, no en las raíces estructurales de las injusticias. Con ellas, los niños no aprenden a ver que el mundo de princesas y reinos es un sistema injusto y vertical en que el trabajo de esclavos y peones permite la limpieza y lujo de las protagonistas. Aquí las bases de un imaginario cultural que ejemplifica una y otra vez que los bellos son merecedores del poder y que es injusto que sean desposeídos y condenados a la posición de una casta inferior a la que dicta su belleza-bondad-sangre.
Y estas películas, debido a que empezaron a surgir con la institucionalización popular de la electricidad, el horario de trabajo urbano, y los productos de fabricación masiva (La primera película largometraje de dibujos animados Blanca Nieves 1937), vienen a reemplazar las historias de las tradiciones orales en los hogares, alrededor del fogón. Se apropian de la palabra “tradicional,” y se convierten en lo tradicional nuevo para el público cine- y televidente. Su paradigma de princesas se universaliza artificialmente como una tradición compartida en un país compuesto de múltiples etnias cuyas abuelas ya no cuentan las historias de sus lejanas tierras, ni hacen fuego.
En esta “tradición” cultural mi piel aceitunada, mi cabello grueso, y mis ojos estirados se encontraban reflejados en las que pierden y caen, desgraciadas, de las alturas de sus ambiciones a la nobleza, que por su parte es reafirmada por mi caída. En la socio-economía democrática que produce estas películas--socio-economía que se define en contraste con la monárquica al declarar que los derechos y las oportunidades son para todos--una persona con belleza como la mía nunca podría ser considerada bella-buena. Estas visiones a colores muestran que aunque el estado sea oficialmente una democracia representativa, la cultura que lo sostiene declara todo lo contrario--que los derechos y la ciudadanía cultural son exclusivos y predeterminados. Mi madre y mi padre--debido a su color, su estatura, su pelo, su posición en relación al gobierno--se parecían más a los villanos que a los nobles. Yo también.
En realidad una persona como yo sólo podría ser incluida como ciudadana cultural si se conforma a las reglas, los límites, y la naturalidad que establece esa economía. Se podría cortar el pelo, vestirse de princesa para los bailes del colegio, aceptar que oscuro sea sinónimo de malo en su arte y su literatura, e identificarse con los protagonistas de sus películas. Se tendría que olvidar de su posición histórica en los temas llevados a la pantalla. Podría ser incluida de esta manera, pero nunca afirmada, y siempre borrada.

Cada vez, con cada día vivido y cada programa mirado en el corazón de la república imperial, se me evidenciaba más la discontinuidad entre las promesas sociales de vivir en una organización social llamada democracia y la cultura dominante que comprobaba lo contrario. Porque los personajes que representan las culturas conquistadas y marginales sólo son bien vistos cuando ayudan a los bellos/blancos a realizarse y a consolidar el amor. Porque los personajes cuyas características físicas y culturales caen fuera del canon de la belleza son malos cuando no cumplen ese papel auxiliar frente al protagonismo blanco. Porque cuando en las películas y series usaban animales en lugar de personas, las voces y las normas estético-morales se cargaban de estereotipos reconocibles que cumplían la misma función racista y de casta que hacían los personajes humanos.
Se me revelaba la innaturalidad de esta aparente naturaleza universal en cada detalle de la vida. En el pasto verde, tan verde y suave de los parques municipales de mi infancia, que se llenaba de otras plantitas que llaman “malezas” al no echarle herbicidas. Homogéneo y parejito, bueno para hacer picnic, el pasto sólo se mantenía así por un tóxico y continuo proceso de limpieza química. El pasto de la casa, que dejaba natural mi padre por rechazo a las herbicidas, era una fuente de controversia y discordia con los vecinos que insistían que las florcitas amarillas de maleza que alegraban nuestra puerta estaban contaminando el vecindario con sus semillas. Mi padre, quién se había casado con una mujer mexicana, indígena, les decía que los químicos son peligrosos para los niños y los animales, y se metía a la casa a leer. Pero fuera de la casa no se podía esconder de la realidad social, y cuando íbamos al parque, a veces lo confrontaban, diciéndole que “este parque es exclusivamente para uso de los residentes de la municipalidad.” Él les contestaba, mientras jugábamos en los columpios, que nosotros éramos residentes también.
Después de la caída del muro de Berlín los dibujos animados empezarían a dar la receta del multiculturalismo que establece las condiciones de inclusión en la socioeconomía democrática-capitalista que ahora podía expandirse sobre los países más lejanos sin mayor oposición. Empezaron a usarse los protagonistas árabes, indios, africanos, y negros, y los personajes femeninos de aquí en adelante serían asertivos y más descubiertas de cuerpo. Estos aparentes cambios del centro de enfoque cultural coinciden con la globalización del capitalismo. Ya para ese tiempo yo ya no veía monitos ni jugaba en el parque municipal; me había construido en los años que no permiten ni la belleza ni la bondad, ni el protagonismo para sujetos de color y etnia extra-occidental. Pero en mis años de transición entre ser niña y ser mujer, predominaba la redefinición de la bondad como algo no necesariamente sanguíneo, sino algo adquirible, algo pertinente a los valores. El proyecto de reclutamiento geográfico del nuevo orden económico mundial precisaba un paso retórico que permitiría la identificación positiva de sujetos incorporados que no podrían ser incluidos en el modelo belleza-bondad-sangre. Pasó del paradigma determinista de la naturaleza a un paradigma de cultura. Dejaron de usar los modelos de los Hermanos Grimm--modelos grabados en la tradición escrita en Alemania durante las guerras napoleónicas--y empezaron a usar cuentos exóticos a la tradición franco-germánica.
Como yo ya me había dado cuenta que no me podía proyectar ni en Blanca Nieves ni en Cenicientas, la lectura cultural de las nuevas películas me era transparente. Cuando el color de la belleza-bondad dejó de ser el indicador del derecho cultural, la encarnación de los valores que permiten la expansión del capitalismo lo vino a reemplazar. La belleza ya no tenía que ver con el derecho sanguíneo al poder (y al amor y la felicidad) como en las narrativas anteriores, sino que ahora la belleza-bondad tenía que ver con la manifestación de valores capitalistas. Es decir, empezaron a incluir la posibilidad del protagonismo no-blanco, pero sólo cuando se premia y se afirma el individualismo, la ambición, la competencia, la complicidad con la estructura vertical, y la voluntad de cambiar las tradiciones por novedades. Contextualizadas en tiempos lejanos de lugares que han sido objetos de colonización en la modernidad (lugares que en estos años posteriores a la llamada guerra fría estaban en “desarrollo” económico según el modelo globalizador) las películas animadas de mi adolescencia evitan temas explícitamente raciales al hacer que todos los personajes sean de una sola raza, o que las etnias del Otro sean representadas por cuasi animales. En estos casos (los primeros de la época de la crisis del socialismo La Sirenita 1989 y La Bella y la Bestia 1991,) los personajes cuasi-animales logran el trono a través de una metamorfosis que deja claro que un mestizo que no deja atrás su parte animal no puede ser parte de la familia real y no puede ser feliz.
En el caso de las historias exóticas como Aladino (Arabia), El Rey León (África), y The Emperor’s New Groove (Latinoamérica), los protagonistas “de color” siempre serían de la nobleza local, siempre dispuestos a cambiar tradiciones antiguas por ideales occidentales. En fin, embajadores tercermundistas a la cultura dominante del imperio global. Incluso Pochahantis, tal vez la única de esta época post-roja que trata explícitamente el tema del contacto colonial, no sólo prescribe la estructura de jerarquía racial y sexual para el multiculturalismo de la época global (el patriarcado blanco), sino que también hace a los indígenas cómplices de su derrota al retratar la relación entre razas como una relación de amor de los colonizados (ella) por el imperio (él).
Y estas películas--muchas veces las únicas disponibles, y siempre las más cercanas en cualquier ambiente al alcance de la economía globalizada--vendrían a imponer su normalidad, su orden, y su naturalidad en los espacios conquistados durante las guerras frías, calientes, y virtuales. A través de la ropita infantil, la televisión a satélite, el cine, los cereales, los convenios con corporaciones locales de lácteos y golosinas, la relación belleza-bondad-derecho, nacida en la modernidad imperial, dominará tanto en los cafés y tiendas de lujo de las ciudades de habla japonesa como en las chozas más remotas del campo haitiano. Cada niño de este creciente imperio global ve un promedio de 3.5 horas de televisión al día (Kaiser Family Foundation, 2005). Niños anglo-americanos en sus casas alfombradas con pantalones nuevos y agua potable, niños negros en las ciudades del imperio mientras llegan del trabajo sus madres, niños indios, chinos, inmigrantes, discapacitados, gordos, de padres analfabetos, y de países y culturas conquistadas por la economía expansiva de los Estados Unidos--la economía que llamamos inocentemente “global” como si no tuviera ni agentes, ni sujetos, ni objetos. Niñas de cinco años en México que saben relatar la historia de la princesa Jazmín pero nunca han escuchado de Coyolxauhqui; niños campesinos de Chile que conocen las canciones del león Simba pero no saben quién es la Huenchula; niñas navajos que tienen mochilas de la Sirenita, pero de la mujer cambiante (Changing Woman) sólo han escuchado mentar alguna vez el nombre. Niñas y niños que se sentirán inocentemente incluidos en el mundo de la pantalla porque ven a personajes “de color” como ellos, y no tienen el criterio cultural e histórico para entender las condiciones de su propuesta inclusión. Ellos, conmigo, y con mis hijos, aprenderán a perder la inocencia frente a las hipocresías del imperio que pregona la democracia y exporta ciudadanía condicional.

Si estos valores culturales dominantes ya contradecían los principios soberanos de la estructura gubernamental del estado nacional estadounidense, al exportarse, son aún más problemáticos. Dentro del estado nacional, el concepto de la nación o la identidad nacional es como el pasto verde-- su homogeneidad y su inclusión selectiva dentro del cuadro de cemento que lo enmarca parece ser natural, pero requiere de un sistema de múltiples mecanismos violentos para mantenerlo así. Al imponer ese cuadro sobre otras tierras, cuyos hijos lo absorben como algo propio debido a su natural e insistente presencia en sus vidas (por más distantes que estén del centro de emisión), se convierte en una homogeneización ideológica de la juventud de todas partes del mundo. Una homogeneización propagante de la cultura dominante de un estado nacional que se expande sobre el planeta y sus habitantes a través de la guerra mundial--con virus, manipulación de producción local, empobrecimiento sistemático, préstamos internacionales, campañas de esterilización, filantropía, vacío, bombardeos con bombas y bombardeos con productos, monopolios de comunicaciones, televisión satelital, y otras bellezas naturalizadas.

La maduración del multiculturalismo doméstico en los Estados Unidos se comprobó con la confusión total entre el modelo biológico de inclusión y el modelo cultural. La gente en el imperio, que ve colores antes de conocer corazones, ya habían vivido suficiente experiencia de racismo para poder ser engañados con el modelo de inclusión basado en los valores. Como la población sabía que todos los presidentes de la república desde su fundación habían sido patriarcas hombres y blancos, el hecho de que el trono estuviera peleado por una mujer blanca (Hilary Clinton) y un hombre negro (Barak Obama)--en ausencia de un candidato que encarnara la continuación de la exclusión histórica--hizo que la gente pensara que se había terminado la discriminación. Pero así como Dora la Exploradora, una niña genéricamente “latina” con valores individualistas y consumistas, ha llegado a ser la cara de la televisión pre-escolar globalizada proveniente de los Estados Unidos (país anglo-y hombre-supremacista desde que Washington cruzó el río Potomac), Barak Obama es la nueva (más)cara de la agenda imperial. Este presidente ha mantenido los cambios constitucionales implementados durante la mentada guerra contra del terrorismo, leyes que quitan el derecho a la privacidad, a la asamblea pública, y a la representación legal en caso de arresto. Ha aumentado el número de tropas militares en el extranjero, ha empezado un reclutamiento mercenario, ha mantenido las cárceles de tortura, y ha hecho una campaña en contra de los inmigrantes de los países pobres. La agenda imperial sigue igual, o más fuerte, encabezada por una persona que según el concepto de racismo de épocas anteriores, simboliza el final de las injusticias.
Disney, de acuerdo a este engaño de inclusión, hace una película con una princesa afro-americana. Pero resulta que no es una princesa verdadera: el sapo encantado sólo la confunde por princesa debido al disfraz que lleva para trabajar en las fiestas de Marti Gras. Su estatus de princesa es un simulacro, pero se hace verdad a través del matrimonio con el sapo, un príncipe exiliado de un país malo (Maldonia). Ella se enamora de él cuando los dos son convertidos en sapos, y por él, ella renuncia sus sueños de poner un restaurante y de ser nuevamente un ser humano. Su amor es premiado por las fuerzas sobrenaturales, y los dos vuelven a tomar su forma humana--bellos y buenos. Juntos ponen el restaurante de los sueños empresariales de la mujer negra, y lo llaman “Tiana’s Palace” (El Palacio de Tiana). Es decir, la mujer negra llega a formar parte la nobleza a través de ser una empresaria (el sueño burgués), y su marido inmigrante, cuya legítima nobleza de sangre no le otorga ningún privilegio social o económico, recupera un lugar en “el palacio” al unirse al sistema capitalista. Disney eligió New Orleáns--la ciudad sureña destrozada por la negligencia militar y los mercenarios de Black Water después del famoso huracán Katrina, lugar nuevamente en desarrollo económico--como sitio para la coronación (burguesa) de la mujer negra. Aquí la coexistencia del imaginario Monárquico y la materialidad capitalista es más explícito que en la época de Blanca Nieves y Cenicienta, donde la coexistencia consiste en que el mensaje de las películas desmiente la permanencia cultural monárquica del contexto democrático. Aquí en La princesa y el sapo, los dos sistemas socio-económicos se apoyan en un matrimonio de dependencia mutua para poder ser incluidos en el mundo humano (el mundo de la cultura globalizada): el capitalismo (Tiana) proporciona la posibilidad material y el monarquismo (el príncipe Naveen) proporciona la legitimidad cultural. Los valores necesarios para la expansión capitalista se unen con la nobleza de sangre necesaria para la legitimidad. De esta manera la tradición del cine infantil del imperio republicano sigue intacta, auque cambiado de color junto a la presidencia. Los componentes, la contradicción antigua, la cultura dominante idealizadora de la nobleza sanguínea y el sistema oficial democrático, se han mirado cara a cara y se han enamorado, consolidando dicha tradición. Agarrados de la mano (la pata), y mutuamente conformes, entran a la humanidad.
La polémica de ser o no ser humano ha tenido un significado claro en las películas de Disney desde los primeros años. Ser humano en el lenguaje alegórico de las películas significa la ciudadanía cultural. No ser humano significa la exclusión. En Pinocho (1940) los niños que no se comportan de acuerdo a las reglas sociales (ir a la escuela) se convierten en burros, y Pinnochio, todavía una marioneta de madera, tiene que comprobar su conformidad para pasar de marioneta a humano y no caer en las trampas que lo llevarían a un destino bestial de analfabetismo y trabajo forzado. En El libro de la selva (1967), Mogli, el niñito moreno de la selva tiene que dejar atrás la su vida de animal silvestre para entrar en el mundo de la cultura (léase el mundo de cultura anglo-imperial). Aunque Mogli, representante alegórico de los países pos-coloniales en desarrollo (de acuerdo al libro de Kipling en que se basa la película), sea una persona, no vive en el mundo cultural de los humanos, y él tiene que decidir si va a ser o no ser parte del ese mundo. La Sirenita deja atrás su familia submarina y el cuerpo de pez que la marca físicamente de la diferencia cultural que haría imposible su inclusión en el mundo de su amado príncipe humano. La Bestia se convierte en un príncipe para poder ser el dueño socialmente aceptable de su palacio y de su amor, y el amor de la mujer humana por una bestia es premiado con la conversión de éste en un joven y apuesto pretendiente. Al aceptarse el uno al otro, Tiana y Naveen, aceptan los respectivos sistemas que representa cada uno, y así llegan a ser humanos. Ellos manifiestan las reglas de inclusión a la cultura globalizada/globalmente consolidada: una mujer negra con pretensiones empresariales no entra si no se une a las reglas de las princesas, y un noble no-blanco no entra sin unirse al capitalismo. Juntos dejan de ser sub-humanos, y los podemos considerar ciudadanos culturales en el nuevo orden global.
La humanidad en Disney significa precisamente eso, la humanidad. Pero ser humano es condicional de acuerdo a los valores culturales determinados por ellos. Y esos valores han mostrado ser en primera instancia, racistas, en segunda instancia capitalistas, y ahora con esta última película, ambas cosas. Al usar la metáfora de la diferencia entre animales y personas, estas películas universalizan su cultura como la cultura humana. Llevadas a proporciones globales, las condiciones de ser o no ser humano son las condiciones de ser o no ser, de sobrevivencia o abyección. Y en una cultura globalizada, el mundo de Disney es el mundo de todos los niños--de Florida a Bangladesh.
Mi hija lloró por la Bestia cuando vio la Bella y la Bestia por primera vez. Dijo entre lágrimas, “no me importa que sea Bestia no quiero que lo maten. Ya no me importa que no se convierta en príncipe.” Cuando se convirtió en príncipe, ella lloró: “¿Por qué lo convirtieron en príncipe? ¿por qué no lo dejaron como Bestia, si ella lo quería?” Le expliqué que la película tiene que mantener la idea que lo bello es bueno y lo malo es feo. Si lo hubieran dejado como Bestia, la película no habría cumplido con su responsabilidad hacía la economía y el gobierno. Ella lloró de nuevo y dijo “¿porqué tuvo que nacer Disney? No sólo los príncipes y los rubios tienen el derecho al amor. No sólo ellos tienen el derecho de ser felices.” Y estuve de acuerdo con mi hija. Y sostengo que tiene toda la razón a pesar de las enseñanzas “tradicionales” de la cultura Disney.
Pero en una economía y cultura globalizada, ¿a dónde encontrar afirmación de tradiciones no-impuestas? ¿A dónde encontrar niñitas que también lloran por la bestia cuando todas se cuelgan del asiento en espera del momento que la bestia se convierte en un príncipe rubio, bello y bueno, sin conflictos? Está claro que las bestias no pueden ser dueñas de lo suyo--tienen que convertirse en príncipes, en representantes y sostenedores del imperio. Según esta lógica modelada una y otra vez en las “tradicionales” historias de “nuestra” cultura, ¿Cómo culpar a un niño que no quiere identificarse con la bestia y desea ser como el príncipe?. ¿Cómo ofrecerles una comunidad sana a nuestros hijos?
Esta tradición cultural globalizada es totalitaria, por lo tanto no hay sitio en la tierra que no esté permeado por sus reglas. El único sitio potencialmente libre de la agencia de esta socio-economía es el espacio adentro de las cabezas y los corazones de nuestros hijos. Este espacio se multiplica con cada nacimiento, y es el terreno de batalla de la guerra mundial que están realizando desapercibidos. El amor y la atención de las madres y los padres, la capacidad de los profesores de reconocer la guerra, las comidas casera de las vecinas, y las historias de los abuelos son las municiones que tenemos. Todo está en el hogar de nuestras tradiciones en peligros de ser olvidadas bajo capas de imágenes ajenas.






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 Referencia
Amanda Harris.  "Bellezas Naturales."  Gato X Gato. Ed. Amado Lascar. Athens, Ohio  :  Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    4 de abril de 2010.
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