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Cuento
About how and why Manfritz found his true identity in Hiroshima.
Sobre cómo y por qué Manfritz encontró su verdadera identidad en Hiroshima.
Las hormigas, pensó Manfritz, también son seres sociales; por qué no interrogarlas para ver qué más tenemos en común. Esta vez, de todas formas, Manfritz tuvo grandes dificultades para ponerse manos a la obra.
Las 8.30 fue un magnífico momento para entrevistar a Manfritz. Sus habilidades para hacer té sólo pueden ser comparadas con su ingenio.
Cuando Manfritz tuvo algo de tiempo libre y decidió ir a San Francisco para indagar un poco en la historia real de California.
About how and why Manfritz found his true identity in Hiroshima.

Cuento

Versión impresora


Sobre cómo y por qué Manfritz encontró su verdadera identidad en Hiroshima.
Amado Láscar

En la mañana del seis de agosto de 1945, Manfritz deambulaba por el centro de la ciudad de Hiroshima y encontró a un niño caminando solo. El niño, Takeshi, le miró y le dijo que estaba perdido. En realidad, Manfritz no tenía tiempo de ayudar a nadie en ese momento porque estaba ocupado intentando encontrar un sitio para desayunar. Estaba muerto de hambre. Había pasado casi toda la noche anterior intentando escuchar noticias sobre el final de la guerra.
Bueno, amigo mío, dijo Manfritz, te puedo llevar a la estación de policía. Takeshi contestó que preferiría caminar con él un rato porque tal vez juntos podrían encontrar a su madre.
De acuerdo, contestó Manfritz, ven conmigo. Estuvieron caminando juntos hasta que Manfritz encontró un sitio acogedor para tomar una taza de té con el niño. Este parecía bastante nervioso y Manfritz que no había llenado su estómago hasta ese momento, estaba más relajado y cómodo con él. No tienes que preocuparte, le dijo Manfritz, encontraremos a tu madre muy pronto, te lo prometo. Pero el niño parecía prestarle poca atención. ¿Qué pasa? Preguntó Manfritz.
Bueno, dijo el chiquillo, anoche tuve una pesadilla. Soñé que mi madre me abandonaba para siempre.
¿Por qué? Preguntó Manfritz.
No lo sé, contestó el niño. Era algo así como una enorme luz (y abrió sus pequeños brazos queriendo mostrar la magnitud de la luz que había visto), y mi madre desapareció en ella, se la tragó la luz, parafraseó el chiquillo.
No te preocupes por eso, dijo Manfritz. Todo se arreglará, ahora la guerra ya casi ha terminado; ya no tienes que pensar más de esa forma.
Cuando salieron de vuelta a las calles, Manfritz cogió a Takeshi de la mano y los dos estuvieron caminando y hablando. De repente, el niño se paró y le dijo a Manfritz…
¡Escucha! ¡Escucha!
¿Qué? Contestó Manfritz… y el muchachito miró al cielo.
Ahí va un avión, ¿oyes el motor? Claro, contestó Manfritz sin escuchar nada.
Allí, allí… el chiquillo señalaba, está casi por encima de nosotros (a nadie parecía importarle esto excepto a Takeshi, a Manfritz y a un perro que empezó a ladrar).
Ya lo veo, dijo Manfritz. Está volando muy alto.
Sí, ¿verdad? dijo el niño.
Bueno, vámonos, interrumpió Manfritz, estirando a Takeshi de la mano.
Siguieron caminando por las calles un rato más mientras un ruido agudo, como el sonido del viento cuando choca contra los estrechos huecos de las montañas desérticas, se escuchó descolgándose del cielo.
¡Oh, no…! Dijo Takeshi, es como en mi sueño…
¿Qué quieres decir? Preguntó Manfritz.
Después del silbido la luz vendrá, dijo el niño, y se abrazó a las piernas de Manfritz muy, muy fuerte.
Después de unos segundos, a dos o tres manzanas de donde estaban ellos, la bomba dio contra el suelo y, rápidamente, una enorme bola de luz y fuego cubrió el centro de la ciudad de Hiroshima. Manfritz estaba cegado por la luz intensa y se quedó mudo de terror. Se puso de cuclillas abrazando al niño para protegerlo con su cuerpo. El tsunami radiante pasó por encima de ellos como si el universo entero (agujeros negros, big bangs, gigantes rojos, galaxias, etc.) hubiesen caído sobre la ciudad elegida.
Después de la explosión, la calma.
Cuando Manfritz abrió los ojos, lo único que encontró a su alrededor fueron montañas de ladrillos. Había ventanas rotas por todos sitios. No te preocupes, le dijo al niño entre dientes, estamos a salvo. Pero cuando miró entre sus brazos, encontró una silueta tridimensional de cenizas que se desmenuzaba mientras caía al suelo.
Se levantó y miró a su alrededor, hacia las calles repletas donde unos segundos antes, la gente estaba caminando y conversando, y donde ahora, sólo quedaba oscuridad, polvo y sombras.
Se miró las manos y las piernas incrédulo, todavía estaban ahí. Nadie más parecía estar vivo, ni siquiera un solo cuerpo. Nada más flotaba el ladrido de un perro.
Sólo entonces Manfritz entendió quién era realmente, más allá de la vida y de la muerte. Por un momento, pensó que era como Dios, pero pronto se dio cuenta de que los personajes de historietas tampoco pueden morir.





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 Referencia
Amado Láscar.  "Sobre cómo y por qué Manfritz encontró su verdadera identidad en Hiroshima.."  Gato X Gato. Ed. Amado Lascar. Athens, Ohio  :  Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   30 de marzo de 2007.
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